La lluvia comenzó a caer sobre los tejados,
Escurriendo parte de mis culpas,
Y las palmas de mis manos aún ensangrentadas,
Eran testigos inmóviles de un completo estupor.
La lámpara aún dejaba ver su rostro de sorpresa,
Salpicado de negra sangre yerma,
Dos páramos violáceos sus labios,
Blancas como estrellas polares sus pupilas aún expuestas.
Miré al cielo implorando a algún dios,
Que se lleve ya ese cuerpo de mi lado,
Más seguro que su alma aún estaba,
merodeando como un gato.
Tomé sus muñecas aún tibias,
Y giré todo su cuerpo de flanco,
Aún sus pupilas me miraban,
Y mi espalda se había en tres quebrado.
Que es lo que lleva a la mente pensar estas cosas?
Te pregunté a ti, corazón mío, desvelado,
Será que la noche aún me tiene por presa,
Y en sus carcajadas de silencio me tiene asediado?
Que sentido tiene la vida si estoy aún dormido?
Que sentido tiene la muerte si no me siento vivo?
Es que acaso la noche y la lluvia se combinaron de a dos?
Una para cubrirme con su negrura, y otra para ahogar mi voz?
Nuevamente, buscando su mirada,
Sentí que mi cuerpo estaba apresado,
Dentro de una novela negra sin trama,
La noche estaba llegando a la cima de esta farsa.
Los tejados dejaban escurrir sus cabellos, su sangre, su alma,
Y yo viajaba por las rendijas de esas tejas,
Como se escurre una serpiente entre las ramas,
Como se pierde una gota en el océano,
Así perdía esa misma noche el alma.
Pensé que solo ese cuerpo a mi lado,
Sería el que de alguna manera me ayudara,
A terminar con las carga de mis huesos,
A ultimar con la carga de mi alma.
Lo revolqué cuanto pude por los techos mojados,
Pero no se movilizaba,
Quise tirar con fuerza sus ropajes,
Pero no sucedía nada.
Lo golpeé una y otra vez, y otra vez,
Tanto cuanto pude lo maltrataba,
Ese maldito testigo de la muerte encarnada,
Parecía burlarse de mí y tomándolo con calma.
A mí me corría solo por el cuerpo una extraña sensación,
electricidad casi maldita que paralizaba mi corazón,
Había hecho mucho escándalo esa noche de lluvia,
Pero allí, nadie me vió.
Imploré que se termine ya este maldito funeral!
Que se termine ya por favor!
Yo había dado fin a esa historia,
Pero no debía seguir más, por lo que se yo.
Más alguien me había hablado como poeta,
Y algo así me dijo a rauda voz:
“si lo haces que sea algo elegante”
Pero el método para él mismo se lo guardó!
Y como en la vida misma, todo es una gran ilusión,
Pensé que la lluvia todo arrastraría,
Mis culpas, mi cuerpo y mi dolor,
Y que con eso todo acabaría,
Como este poema o aquella canción!
Nuevamente me puse de rodillas,
Implorando si a Dios,
Que acabe ya con el alma mía,
Que la bala allí por infortunio no pegó.
Jamás había pensado que ese dolor se magnifica,
Cuando en el juego de la ruleta juegas a ser una deidad,
Eligiendo inútilmente entre un disparo u otro,
Lo que diferencia al amor de la maldad.
Carlos A. Lopergolo MMXI
No hay comentarios:
Publicar un comentario