Un despojo mutilado,
un espejo destrozado,
el rostro de miedo henchido,
ya de tí me he olvidado.
Aunque el tiempo pase,
y las horas intenten ahogarme,
aunque las manos supliquen,
no intento ya salvarme.
Justa es la partida y el duelo,
la verdad a medias o a sabiendas,
las sábanas aún de sudor cubiertas,
te has ido inesperadamente, te creí despierta.
Y me abandona la fuerza,
y mi mirada cubierta,
de niebla espesa sin palabras tiernas,
jamás tocarás de nuevo a mi puerta.
Creo que aún sonries,
que le cantas a las horas nuestras,
cubierta de blanco hacia lo eterno,
aún te siento viva, yerma primavera.
Tu mirada se oscureció,
y tu vida se eclipsó,
tus manos yacen frías,
muerto en vida, también yo.
Carlos Lopérgolo MMXII
martes, 21 de febrero de 2012
sábado, 4 de febrero de 2012
El cuervo - Adaptación de Narciso Ibanez Menta
Una oscura medianoche, cuando triste repasaba viejas páginas raídas sobre historias olvidadas, se inclinaba somnolienta mi cabeza.
De repente, a mi puerta oí llamar. Era un toque blando, quedo, como mano que con miedo se asustara de tocar. Yo pensé, sin dudas es alguien aterido que desea compartir el fuego conmigo, eso es todo, y nada más.
Que claro recuerdo, era un crudo mes de invierno. Se ayuntaban en las calles solitarias viento y lluvia, y, al amparo de la niebla, los pecados capitales disfrazados de mastines perseguían las conciencias de los hombres, y detrás, cabalgaban en silencio cuatro sombras enlutadas. Eran cuatro, los jinetes anunciados en el Libro de los libros.
Un reloj, lento y lejano, dió las doce. Fueron doce funerarias campanadas que sonaron como dagas en honor de Satanás.
Yo sentía en las arterias el latido pavoroso de mi sangre, y temblaron en mi mano los papeles y las cartas de Eleonora, de mi blanca, de mi amada, de la mujer que dió a mi vida nueva vida; de Eleonora que un mal día se me fuera de entre mis brazos con la suave y dulce angustia de una novia por casar. De Eleonora, la imposible, de Eleonora que soñaba como mía para siempre y que ya no veré nunca…
¡Cómo duele esta palabra! ¡Nunca, nunca, nunca más!
Un crujido, seco y triste de los muebles y la voz ronca y monótona del viento me crisparon, y mis ojos alocados perseguían las mil sombras que los rojos resplandores de las llamas proyectaban en los muros y poblaban los rincones de mi sala de una horrible zarabanda de fantasmas. Y sentí todo el misterio de lo sobrenatural…
Resonaron nuevos golpes a mi puerta. Yo pensaba, es sin dudas algún mendigo que demanda de mi mano caridad. Un mendigo medio muerto de cansancio, eso es todo y nada más. Me costaba levantarme…me pesaba todo el cuerpo como plomo.
Esperad un poco amigo! …y mi voz solo fue el eco de la voz del más allá.
Decidido, abrí la puerta. Una oleada de silencio y tiniebla entró por ella. Solamente la negrura y el silencio…Nada más.
Creció de pronto el viento, y en el viento nació un nombre, solo el nombre Eleonora, nada más.
Retorné de nuevo al libro que leía, pero el tiempo se dormía en los relojes, y de nuevo se escucharon suaves golpes a mi puerta, y otra vez mi voz fue como un acorde de la voz del más allá.
-¿Quién sois vos?- grité –¡Responda por su nombre, el caminante!-
La respuesta fue un silencio sepulcral.
De repente, una ráfaga de viento empujó un ventanal y los abrió de par en par. Revolaron los papeles y esas páginas perdidas en el centro de un fortísimo huracán, y una flecha negra y sórdida, penetró por la ventana. Era un cuervo, de pupilas amarillas como el oro que a posarse por el busto de Minerva que precede a mi despacho. Sobre el busto que depara la figura representa fue a posarse y nada más.
Y tocose de repente mi pavura mil carcajadas, y reí como un poseso del demonio.
Preguntele: - ¿A que vienes mensajero de la niebla? ¿Tienes nombre pajarraco? ¿Quién te envía compañero de la brujas? Negro heraldo de la noche de difuntos, mensajero del infierno, dí ¿Quién eres? Más después de un silencio con graznido chirriante el siniestro visitante sólo dijo: -Nunca más-
Y la sangre se detuvo en mis arterias. No es posible, pero el cuervo me miraba…No es posible – repetía - ¡Es un sueño! Con el alba estas locuras en recuerdo quedarán…Pero el cuervo me miraba con sus ojos amarillos como el oro y de nuevo solo dijo: -Nunca más-
Le grité con toda el alma: - ¡No es posible! Tú, sin dudas has huido de las manos de tu dueño y aprendiste de memoria las palabras: nunca más.
Nos miramos fijamente. Yo sentía que sus ojos como dos clavos de fuego se clavaban en los míos o era el viento se hizo nombre, solo un nombre, el de Eleonora…y de pronto me ahogó el llanto. Fuí una bestia mal herida y asustada y un aullido de dolor subió a mis labios: -¿Quién te envía mensajero de la niebla, compañero de la brujas, negro heraldo de la noche de difuntos? ¿Es Eleonora? Tal vez ella te ha enviado, dime cuervo, tal vez ella que se ha apiadado de mi amarga soledad. Pero el cuervo, que impasible sobre el busto de Minerva me miraba, respondió serenamente: -Nunca más-
-Oyeme, siniestro amigo, seas pájaro o demonio, yo te ruego que me digas, tú lo sabes, si la paz que ahora me falta llegar, te suplico que me digas si la muerte borrará de mi memoria el recuerdo de Eleonora, de la amada, de la blanca, de la hermosa vida mía, de Eleonora que un mal día se me fuera de entre los brazos con la suave y dulce angustia de una novia por casar. E implacable letanía llego a mí mente suplicante, repetida por el viento, por la lluvia, por aquel maldito cuervo del demonio: -Nunca más-
Ygrité con toda el alma: -¡Fuera cuervo, fuera! ¡Vete para siempre de mi casa, compañero de Satán! ¡Que no quede ni una pluma de tu paso! ¡Fuera cuervo, déjame a solas conmigo, solo con mi soledad! Y el maldito pajarraco repitió
implacablemente: -Nunca más-
Y ahí está, rígido, inmóvil sobre el busto de Minerva y sus ojos como dos clavos de fuego están fijos en los míos penetrando hasta el fondo de mi alma, porque ahora, por los siglos de los siglos estará siempre a mi lado. No podré librarme nunca de su sombra. ¡Nunca, nunca, nunca más!
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